Por lo general, el ser humano nace con un
mundo interno latente que va alimentando, en el están sus miedos, sus deseos,
sus fantasías, sus demonios y sus ángeles, dentro del están vivas las mitologías
que él decida dar por vivas, pero la edad no pasa en vano, el yo que es
considerado invencible, el ego divino que es incapaz de toda maldad y cuyas
actuaciones las hace en pro de un destino supremo y una verdad inequívoca, da
lugar a nuevos pasos, se abre una grieta frente a los campos elíseos que
anidan en la mente del infante.
Pero si bien es cierto, ninguno deja de
cultivar, algunos llenan de malas hierbas su jardín secreto, y otros, día a día
hacen limpieza del tal, es inevitable que haya entre las cosas, algunas que no
se puedan arrancar de raíz, pero ¿qué es el hombre que no puede recurrir a la fantasía?
el hombre es inherente a la imaginación, a la construcción de otros mundos, de
zonas paralelas donde las normas y las leyes físicas cambian, se desafía
eternamente lo que parece de obligatoriedad.
¿Quién entre los vivientes conoce ese
lugar? algunos lo pierden tras sepultarlos en toneladas de escandalosas
basuras, otros lo reemplazan por imágenes y normas fantásticas que no son las
suyas, la religión, por ende, toda religión, llámese budista o musulmana, busca
colocar un paisaje igual en el corazón de cada hombre, cuando cada uno
construye su cielo, que lejos se está de conocer el cosmos...
¿Dónde está el niño que caminaba en los recónditos
paisajes de su imaginación?
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