jueves, 2 de junio de 2016

Esa tarde...

En mis años mozos sentía ese palpitar de la carne tan fuerte, tan soberano, tan indecible, que una cosa era lo que yo decía, y otra, el dominio que tenia de mis impulsos, esa continencia en mí, era igual a -1, darle valor de cero sería demasiado, yo Pablo Armendáriz manejaba un taxi aquella noche, por eso de no seguir estudiando, pero querer tener con que complacerme, nadie me dijo que tenía que sobrevivir, solo quería dedicarme a los placeres de la carne, y tener rubro para sustentarlos sin pedirle a mis padres.

La casa, mi casa, la de mis padres era un rectángulo rocoso en un barrio popular, amplia y profunda, tanto lo era, que jamás sospecharon de mis bacanales en mi habitación, las horas fumando cigarrillo, tomando vino, o jugando al doctor con mis vecinas y ex compañeras de estudio, ellos nunca estaban, trabajaban todo el día, y en la noche refunfuñaban y dormían, caían como zombis frente al televisor, y luego morían en sus camas por unas horas, el día y la noche eran míos, mis otros hermanos eran islas, mundos diferentes y nos comunicábamos por cortesía, un "hola" en el pasillo, y un "hasta mañana" en la noche.

Una noche, esa noche, esa oscura y fría jornada de trabajo, pasaba por la avenida que iba hacia el mar, y ahí estaba una chica, tendría cara de apenas unos 16 años, pero se desdibujaba en su ropa un cuerpo esplendido, unos senos enormes, en forma de lagrima, turgentes y sugestivos, que querían salirse de su ancho chaleco, tenía la piel más perfecta que jamás había contemplado, subió al carro y dijo "llévame al centro" vagamente, como si no tuviera destino, algo en ella irradiaba misterio, escondía sus manos en unos guantecitos negros de cuero, y no mascullaba una sola palabra, sus dientes tenían forma de conejo, pero estaban tan bien acomodados que provocaban en mi un leve hormigueo dentro de mi pantalón, estaba embobado mirándola de reojo, mis hormonas estaban descontroladas y había perdido la razón por completo, tenía ese aroma aceitoso de los girasoles, junto con una fragancia dulce de lavanda que entorpecía mis sentidos, quería devorar ese aroma, y me agitaba pensar en ello.


Conduje sin mayor dialogo hasta llegar a la plaza principal, y parquee sin miramientos, le pregunté: "ahora hacia donde nos dirigimos" me dijo "espera aquí, ya regreso" fueron tres horas que maldecía por ser un estúpido loco que esperaba a una niña que no regresaría y que habría de habérmela jugado para transportarse gratis, ¿qué mierda hacía yo en un parque a media noche solo y sin dinero? pero a las 3 de la mañana ella volvió, con una botella de vino y unos cigarros, su aliento a licor me decía que había festejado suficiente, pero caminaba de manera templada y sosegada, como si apenas acabara de salir de su casa, me dijo: "llévame a tu casa" y así fue.

A esa hora, nadie estaba despierto, entramos sin hacer mayor ruido, y nos dirigimos a la última habitación, ella me besó sin miramientos al abrir la puerta de mi cuarto, y metió su mano debajo de mi pantalón sin mediar palabra, ya estaba empalmado de hace horas, y la dureza de mi miembro no la sorprendió, atinamos a cerrar la puerta, pero la luz de la luna llena entraba por mi ventana, y podíamos vernos a media luz, comenzó a morderme el cuello, y las orejas, mi sangre latía a mil y mis rodillas se doblaban de placer, fue el beso más misterioso que he tenido, entonces cayó su saco y pude contemplar su piel blanca, ante la luna, como una aparición, pero enloquecí y empecé a recorrerla con mis labios, hasta quedar de rodilla ante sus senos, y mamarlos como un recién nacido, sus gemidos fueron cortos pero certeros, le fui quitando el pantalón mientras estaba de pie, y llevaba un panty de encaje negro, me sorprendió no haber descubierto que tenía el trasero más bello del mundo, parado, redondo, grande, solamente igualado por sus piernas gruesas y firmes, entonces la levanté entre mis brazos, solamente sostenida por ellos y mi entrepierna que encajaba gloriosamente en la suya.

La llevé hasta la cama con delicadeza, y solo corrí un poco su ropa interior para sumergirme en un plácido sexo oral, no sentía asco, solo un infinito placer, y su aroma me hacía querer entrar más profundo en ella, tenía el coño depilado y con un olor a frutilla que nunca habría adivinado en ninguna otra mujer, su respiración se aceleró y comenzó a suspirar, me sujetaba con sus piernas a sus labios vaginales, y sus manos agarraban mi cabeza fuerte para que no parara, mi lengua entumecida entraba y salía hasta que tuvo un orgasmo incontenible que bebí como sediento en el Sahara,  solo entonces ella me dijo "ahora voy por ti". y me empujó hacia la almohada, yo estaba obnubilado, pensaba que aun si ella no me tocara, estallaría en cualquier momento, era demasiado lo que sentía, el resquicio de la puerta se abrió y aun así, no intente detenerla, nadie estaba allí, solo pude contemplar a la luna embelleciendo el panorama, ahora veía su culo en pompa, mientras ella acariciaba mi pene con su boca, y lo lamia como una gatita, no quería que parara, le sujeté el cabello, y me tomó tiempo darme cuenta que sus ojos eran totalmente negros, y que no era en realidad una mujer normal, parecía más bien una gata, pero a estas alturas, yo también comencé a gemir.

De un momento a otro, su coño rosadito se puso sobre mi glande ya inflamado, y encajó graciosamente, centímetro a centímetro, era lo más hermoso que había visto, ella se recostó a mí, y sus enormes pechos se friccionaban a mi pecho, estaba en el paroxismo de mi éxtasis, la sujete de sus nalgas para hacer más fuerte el impulso de su pelvis, sentía que ya estaba por acabar, pero ella se irguió sobre mí, como una hermosa amazona cabalgado en la oscuridad, ya no me importaba nada, era tocar el cielo, me había olvidado de todo, hasta de mí, ella comenzó a rasguñarme con fuerza, y la sangre comenzó a brotar de mi piel, pero yo era un poseído que no entendía de dolor, solo de placer, en ese momento, logramos el orgasmo juntos, y ella, siguió moviéndose hasta mucho después de tranquilizarme un poco, así es como, medio inconsciente, seguimos haciéndonos el amor por horas, probándolo todo, haciéndolo como si hoy muriéramos, y mañana no hubiera más placer, hasta que saliendo el sol ella me dijo" Págame", y yo sorprendido le dije "no sabía que tenía precio", "todo tiene su precio tonto", saco una fina daga de su bolso y me cortó el cuello, y comenzó a beber de él, no dolió, lo juro, y cada noche ruego porque vuelva.

No hay comentarios:

Publicar un comentario